¿Qué es ser psicóloga/o? ¿Qué se espera de un psicóloga/o?

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Hace unos días se celebraba el día del psicólogo, y entre tantos saludos y frases alusivas al día, leí en las redes sociales un chiste que decía: “La psicología es la única profesión donde el cliente nunca tiene la razón.”

Es interesante ver como a través de un chiste aparecen pensamientos e ideologías dominantes en torno al concepto que se tiene del psicólogo  y la psicología.

Nos encontramos dentro de un sistema donde el médico/agente de salud pareciera tener un saber de supremacía; asistimos a ellos en busca de ayuda y soluciones. ¡Cuán errados estamos!

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Los psicólogos No somos los expertos. Son las personas las expertas en sus propias vidas y en las problemáticas que los atraviesan.

Se podría equiparar el proceso psicoterapéutico como un viaje donde la persona cumple el rol de piloto y el terapeuta el de copiloto. Como un paseo en bicicleta, donde juntos pedaleamos y emprendemos el recorrido del camino.

Los psicólogos somos una guía, ayudamos y acompañamos a recorrer el camino, para que el sujeto encuentre alivio a sus dolencias. Pero quien conoce su modo de pedalear, quien conoce sus resistencias en subidas y caminos de piedra es el paciente. Juntos llevamos un mapa, un mapa que nos orienta, pero que lejos está de ser el territorio (esa realidad objetiva).

Es la persona que llega al consultorio quien conoce y sabe qué es lo que le sucede y cómo.

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Cada una de las personas somos seres cargados de historias y relatos que nos atraviesan. Como en otras oportunidades mencione, somos seres multihistoriados.

Algunos relatos duelen, lastiman y nos hacen sufrir. Cuando estos relatos dominan nuestras vidas, cuando aparecen historias que nos duelen, es quizás un buen momento para consultar con un psicólogo. No necesariamente se consulta a un psicólogo cuando se está frente a una patología.

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Todo lo que las personas saben de sus vidas lo saben a través de relatos y experiencias.

¿Cómo organizan las personas su bagaje de experiencias? ¿Cómo se da expresión a la experiencia vivida?

Las personas organizan sus vidas alrededor de ciertos significados.

Para entender nuestras vidas, relatamos las experiencias vividas. Y el hecho de relatar es lo que implica y atribuye significado a la experiencia.

En su esfuerzo de dar sentido a su vida las personas se enfrentan con la tarea de organizar su experiencia de los acontecimientos en secuencias temporales, a fin de obtener un relato coherente de sí mismas y del mundo. Siempre hay sentimientos y experiencias vividas que quedan por fuera de este relato dominante que no puede abarcar.

Los relatos están llenos e lagunas que las personas deben llenar para que sea posible representarlos.

Con cada nueva versión las personas reescriben sus vidas. Surge un nuevo relato que incluye al anterior y lo amplia. Los psicólogos acompañamos en esta reescritura.


Lic. Patricia Fagundez – Psicóloga

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Narrarse la vida. O de por qué son importantes los cuentos

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Ya lo había dicho Eduardo Galeando: Estamos hechos de historias.

De historias, de relatos, de cuentos que nos contaron y nos contamos.

¿Quién no tiene guardado en el fondo de su corazón un cuento?

Todos tenemos un cuento que recordamos con cariño. Y contar…Contar cuentos puede ser uno de los caminos para encontrar alivio en un momento de dolor o aplacar la angustia.

Los relatos han acompañado al ser humano a través de su historia. Muchos cuentos han pasado de generación en generación, más allá de las diferencias culturales.

Los cuentos siempre han estado al alcance de nuestras manos. Una herramienta valiosa que todos debemos, creo yo, hacer uso, explorarla, explotarla, compartirla.

¿Qué es un cuento?

Etimológicamente, la palabra cuento proviene del latín computare que significa contar, enumerar hechos. Es decir, narrar una historia.

En su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Bruno Bettelheim dice:

“A través de los siglos (si no milenios), al ser repetidos una y otra vez, los cuentos se han ido refinando y han llegado a transmitir, al mismo tiempo, sentidos evidentes y ocultos; han llegado a dirigirse simultáneamente a todos los niveles de la personalidad humana y a expresarse de un modo que alcanza la mente no educada del niño, así como la del adulto sofisticado. Aplicando el modelo psicoanalítico de la personalidad humana, los cuentos aportan importantes mensajes al consciente, preconsciente e inconsciente, sea cual sea el nivel de funcionamiento de cada uno en aquel instante. Al hacer referencia a los problemas humanos universales, especialmente aquellos que preocupan a la mente del niño, estas historias hablan a su pequeño yo en formación y estimulan su desarrollo, mientras que, al mismo tiempo, liberan al preconsciente y al inconsciente de sus pulsiones. A medida que las historias se van descifrando, dan crédito consciente y cuerpo a las pulsiones del ello y muestran los distintos modos de satisfacerlas, de acuerdo con las exigencias del yo y del super-yo.”

Muchas veces, el modo que encontramos de afrontar el mundo es a través de representaciones. Nos armamos un sistema de producción de sentido de todo lo que nos rodea. Construimos un mapa, un sentido, una verdad de lo que nos acontece. Escribimos nuestro propio cuento, nuestra propia historia. Con la salvedad de que hay peligros en esto de armarnos cuentos, lo importante es que como espectadores de esta vida, tenemos la capacidad de crear múltiples realidades y encontrar el modo positivo de afrontar los problemas y las dificultades y atravesarlas de un modo resiliente.

¿Para qué sirven los cuentos?

Los cuentos ayudan a que los niños desarrollen vínculos seguros y confiables. Escuchar cuentos desde la infancia nos prepara para afrontar las dificultades de la vida. También a través de ellos se pueden trasmitir y enseñar valores. Así mismo, escuchar o leer cuentos influye directamente en el desarrollo de la creatividad, imaginación y el lenguaje. Y lo que considero importante, sobre todo a temprana edad, los cuentos influyen en el desarrollo de las emociones y los afectos en general.

¿Qué hace que un cuento sea terapéutico?

Que un cuento sea terapéutico depende de cada individuo. Lo que resulta movilizante para una persona, para otra puede no serlo. Incluso el mismo cuento, en determinado momento de nuestras vidas puede resultar valioso y en otro momento no serlo.

En La frontera indómita, Graciela Montes relata una anécdota de su infancia:

“Me acuerdo, por ejemplo, de estar leyendo El príncipe feliz de Oscar Wilde a los ocho años, con una respiración jadeante. Sufría de bronquitis asmática y era común que me agobiase la tos y me faltase el aire. Recuerdo cómo, a medida que el pájaro quitaba capa tras capa el oro de la estatua, y empezaba a lagrimear y también a respirar mucho mejor que antes”. (Citado en El cuento y sus afectos de Mónica Bruder)

Si hacés un recorrido por los rincones de tu memoria, ¿qué cuento recordás en este instante en que leés este párrafo? ¿De qué se trataba el cuento? ¿Cómo era su personaje principal? ¿Qué emociones te despertó en su momento al escucharlo o leerlo? ¿Qué emociones  te despierta ahora al recordarlo?

Recuerdo una noche que decidí contarle a mi sobrino, que en ese momento tenía seis años, un cuento para dormir. Sin mucha experiencia comencé con: “Había una vez un niño llamado Carlitos…”

-No tía -me dijo Jean- que el cuento sea de animales. Un cocodrilo por ejemplo.

El cuento comenzó, y prosiguió y lo fuimos armando entre los dos. En un momento que podríamos llamar el nudo, clímax o punto máximo del relato, observo que Jean se escondía asustado entre las sábanas. Confieso que en ese momento el corazón se me paró, me asusté de lo que había conseguido en pocos minutos: el poder de sugestión que había en lo que parecía un simple relato infantil. Después el cuento terminó siendo muy liberador y Jean y yo pudimos dormir bien.

El poder y la importancia de los cuentos. El valor de los cuentos que contamos y nos contamos. Descubrir que en cada detalle de la vida diaria, podemos encontrar historias. Entender que no hay una única historia, que a modo esperanzador podemos volver a escribir (escribirnos) y sanar heridas, calmar dolores.

Narrarse la vida. De eso se trata.


 

Fuentes y lecturas recomendadas:

Bettelheim, Bruno (2015) Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Crítica. Buenos Aires. Argentina.

Bruder, Monica (2000) El cuento y los afectos. Los afectos no son cuento. Galerna. Buenos. Aires. Argentina.

Todos los cuentos que se te crucen!

 

 

Hechos de historias

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Apalabrados. Atravesados por el lenguaje.

Incluso desde antes de nacer estamos inmersos de palabra.

Somos seres narrativos.

“Los científicos dicen que estamos hechos de átomos pero a mí un pajarito me contó que estamos hechos de historias.” (Eduardo Galeano, escritor uruguayo)

Personas ricas en experiencia vivida. En muchas experiencias. Tantas, que somos conscientes de sólo una porción pequeña de ellas. Algunos relatos toman una posición dominante en nuestras vidas, mientras que otros sólo forman parte del paisaje. Esos aspectos que quedan por fuera de nuestro relato “principal”, allá en el fondo, olvidados quizás, están llenos de riqueza.

Aun así, hay historias que cobran más fuerza que otras. Nuestras creencias y pensamientos acerca de nosotros y del mundo se rigen por esos relatos dominantes.

A lo largo de nuestra vida escuchamos historias sobre nosotros mismos (y sobre otras personas) que internalizamos. Es así como nos apropiamos de ellos y pasan a darle sentido a nuestra vida.

Escuchamos a las personas decir de sí mismos o de otras personas: “María es melancólica”, “Juan es un tonto”, “José es pobre, “Ana es mala madre”, “Roberto es alcohólico”, etc.

Repetimos esas historias una vez, y otra vez y otra vez. Las arraigamos  a tal punto que se convierten en convicciones y paradigmas de nuestro vivir.

Esos relatos que de algún modo los hacemos más presentes, los traemos a modo de figura dejando otros en el fondo, de paisaje.

Como dentro de un bosque inmenso, nos quedamos mirando sólo al Sicomoro que crece y crece, y no vemos otros árboles, no escuchamos los pájaros ni los sonidos de la naturaleza.

Ante esta amenaza de quedar fijados en una sola parte del paisaje, aparece la buena noticia de que hay modos de girar la vista y zambullirnos en otras postales.

¿Cuál es el peligro de quedarnos con una sola historia sobre una persona? ¿Cuáles son los efectos de las historias que contamos sobre nosotros mismos o sobre otras personas? ¿Cuál es el poder de los relatos y la influencia que ejercen sobre nosotros?

Lo interesante de ser un sujeto narrativo es esa facultad que tenemos de armar una historia nueva. Podemos volver sobre esos relatos, inspeccionarlos, revisarlos, volverlos a escribir.

Dar vuelta nuestra propia historia y encaminarla en otra dirección.

En un marco seguro, en un territorio de confianza, podemos volver sobre esas historias que duelen, sobre esos relatos que nos lastimaron y que aún hacen arder las heridas.

Y no sólo volver para repetirlos contándolos una y otra vez.

Volver para reescribirlos. Rehistorizarlos. Volverlos a narrar.

Crear un nuevo sentido al curso de nuestra vida.

¿Cuál es mi historia? ¿Cuál es el relato que elijo para mi vida?

 

 


Para seguir reflexionando:

A partir del video de Chimamanda Adichie (escritora nigeriana):

  • ¿Cuáles son los efectos de las historias únicas en los individuos?
  • ¿Cual es el poder de influencia que tienen las historias?
  • ¿Qué múltiples historias me podría estar perdiendo?