#Leemos y Reflexionamos: Y tú no regresaste.

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que develan parte de la trama de libros.

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Epistolografía. Palabra difícil y sin embargo encierra años de historia.

Se la define como la actividad literaria que consiste en escribir cartas.

¿Quien alguna vez no escribió una carta?

Cartas formales, amistosas, breves, de hojas y hojas. Cartas de amor, de despedida.

Las cartas son escrituras subjetivas, y hay tantas posibilidades de ellas como personas en el mundo pueda haber.

Pero si algo requiere una carta es la presencia de un emisor y la de un receptor. Dos personas que pueden ser reales, imaginarias, presentes (quizás no tan presentes), conectadas a través de la escritura, a través de un papel que viaja en el tiempo (a tiempo y destiempo).

Sinopsis de Y tú no regresaste

Marceline Loridan-Ivens fue deportada junto a su padre a los campos de Auschwitz-Birkenau cuando tenía 15 años. El 10 de mayo de 1945, fue liberada por los rusos y volvió a casa.

Luego de 70 años, la cineasta publica su recuerdo del horror bajo la forma de una carta. Una carta dedicada a su padre que, como anticipa el titulo Y tú no regresaste, no volvió de los campos de la muerte.

Antes del encierro en Auschwitz, el padre de la escritora le confesó: “Tú sí volverás porque eres joven, pero yo no regresaré”.

Esta frase queda grabada en su memoria, y da origen a este relato extraordinario.
Este libro es quizás una respuesta a esas palabras, y también a la carta que su padre le hizo llegar a su barracón durante el encierro.

Y tú no regresaste, sin duda es un relato breve, y aun así vibrante y conmovedor.

Escritura testimonio

Para Marceline, el motor para escribir su libro es una carta. Una carta que ya ni recuerda, un mensaje que necesitó olvidar para sobrevivir.

Así lo describe Marceline:

“Un pedazo de papel borroso y más bien rectangular, desgarrado por uno de los lados. Veo tu letra inclinada hacia la derecha, y cuatro o cinco frases que no recuerdo. Estoy segura de una línea, la primera: ‘Mi querida niña’. También de la última, tu firma: ‘Shloïme’. Entre las dos, no sé”.

Marceline y su padre se cruzaron cuando el comando de ella regresaba al campo después de haber estado picando piedra. Un encuentro conmovedor:

“Yo me arrojé a tus brazos, me arrojé con todo mi ser, tu profecía era falsa, estabas vivo”, recuerda.

En ese encuentro, segundos antes de que un agente de la SS la golpeé hasta el desmayo y termine separándolos; Marceline le puede dar su número de barracón y él le hará llegar más tarde un papel escrito.

“En tu mensaje seguramente me suplicaste que viviera, que aguantara. Probablemente no creí en lo que me escribías…las palabras nos habían abandonado. Teníamos hambre. Tal vez tu nota trajera demasiado calor de golpe demasiado amor, que y engullí conforme leía como una máquina que tiene hambre y  sed. Y luego lo borré.”

 Y reflexiona:

“En la vida la de verdad, también se olvida, se deja pasar, se selecciona, pero se confía en los sentimientos. En aquel lugar era al revés, lo primero que se perdía eran las referencias de amor y de sensibilidad. Uno se congelaba por dentro para no morir”.

El testimonio de Loridan-Ivens no se queda en los campos, continúa como sigue la vida de los supervivientes: con una huella imborrable y una herida terrible y siempre abierta.

A modo de reflexión podríamos ubicar este libro dentro de un género que se encuentra a medio camino entre la literatura y la autobiografía. Es decir, dentro de lo que algunos autores han caracterizado como escritura testimonial.

Rejas Martin define este género como “un relato que conjuga la reflexión de un individuo sobre su vida y la descripción de acontecimientos de los cuales ha sido partícipe, que hacen del narrador un testigo”.

Marceline fue un testigo que se ubicó en una posición de narrador, y de esta manera da cuenta de lo vivido, de su testimonio. Así también, el lector, aquel que recibe este testimonio, se convierte también en testigo.

“En efecto, los autores-testigos expresan que ellos escriben para decir aquello que no logran comunicar, pero también para transmitir una experiencia que debe ser conocida y no negada, ni olvidada.” (Rejas Martin).

Quizás, en el caso de Mareceline, su escritura tiene un fin, tiene un receptor, algunos ya previstos por ella misma y quizás se suman otros testigos de sus vivencias que ni ella misma previó: los lectores a quienes llegan sus memorias. Todos testigos a lo largo del tiempo.

Es ineludible hacernos la pregunta de si sería necesario un otro a quien escribir. Sea cual fuere el género donde ubicamos nuestras escrituras.

Cada vez que escribimos… esas palabras, ¿están dirigidas a otro receptor?

Porque una cosa es decir y otra cosa es decir y ser escuchado.

Será que la presencia de otro que recibe y aloja, ¿ubica la escritura dentro de un orden más bien elaborativo?

Una escritura que, al ser recibida, ¿trae alivio?

Las marcas del dolor

Esta carta es un relato crudo y conmovedor de la barbarie.

Pareciera que a Marceline no le basta con responder a su padre. Pareciera necesario en ella contar, despojarse de lo vivido a través de las palabras. Palabras que se hacen menester ser escuchadas.

Las marcas de la deportación se extiendan y afectan no sólo a quienes sufrieron el encierro, sino también a aquellos que no estuvieron en los campos: el hermano menor de Marceline terminó suicidándose.

El cuerpo desnudo, el hambre, las necesidades básicas, el sexo, el compañerismo, la culpa. Son temas que también existieron en ese encierro desgarrador. Lo sabemos por otros escritores: Primo Levi, Victor Frankl, entre otros. Y Marceline también.

Luego de la deportación, Marceline recuerda que dormía en el suelo. Era incapaz de soportar “la amabilidad de un colchón. Y no pensábamos más que en comer. Nuestras espaldas estaban todavía allí, sobre las planchas de las literas de tres pisos, las coyas, pero nuestros estómagos estaban aquí, éramos cuerpos contradictorios, desmembrados. Éramos un milagro”.

Marceline confiesa: Escribirte me hace bien. Hablándote no me consuelo, solo aflojo lo que me aprieta el corazón.

En este libro encontramos un  extraordinario testimonio en favor de la capacidad del ser humano para sobreponerse a las más extremas y crueles condiciones de sufrimiento, a la deshumanización y la cosificación de la persona.

Hacia el final del testimonio, Loridan-Ivens dice:

“He vivido porque tú querías que viviera. Pero lo he hecho como aprendí a hacerlo en aquel lugar, viviendo al día, uno tras otro. Y los ha habido hermosos, de todos modos”. 


Fuentes:

Loridan-Ivens, M. (2015), Y tú no regresaste. Salamandra.

REJAS MARTÍN, M. (2009), Experiencia traumática – Experiencia de escritura: el texto como referencia.

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#Leemos y Reflexionamos. La Metamorfosis.

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En los siguientes párrafos se hará referencia a uno de los escritores más destacados del siglo XX: Franz Kafka.

A este escritor checo le interesaba el acto de escribir en sí mismo, más allá de su difusión y el alcance público que pudiera tener. De hecho, en vida, se preocupó muy poco por la publicación de sus obras y las mismas las conocemos gracias a su amigo Max Brod, quien lejos de hacerle caso de que quemara sus escritos, los publicó.

Kafka vivió distintas situaciones en su vida que dieron como fruto muchas de sus obras.

La Metamorfosis, un título que no es en vano y habla por sí mismo del concepto mismo de transformación profunda, no simplemente de un mero cambio, puesto que refiere a una de sus obras más emblemáticas y reconocidas, es el resultado de vivencias internas de su vida que supo plasmar con maestría entre sus páginas. Con esto se quiere decir que esta obra en particular, no pudo haber sido escrita por ninguna otra persona (en tiempos y espacios) que no haya sido su propio autor.

Cada acontecimiento de su vida, ya sea familiar, social y personal que lo rodeó y lo tuvo como protagonista, fue el desencadenante de una escritura que tenía que romper la celda de su interior para gritar en forma de palabras impresas, sus propias sensaciones.

Es quizás, una “metamorfosis” obligada y posiblemente no del todo consciente de las implicancias de semejante trabajo elaborativo para poder sobrevivir a las obligaciones que lo estaban transformando en alguien-algo muy lejano a quien era él en realidad.

Su dolor, su incomodidad, su reclusión para cumplir con cierto rol social de supervivencia, en este caso los horarios obligados para realizar una labor en una oficina que no era de su agrado y que sentía lo despedazaba cada mañana, lo estaban llevando a dejar de lado su rol de escritor, lo que en definitiva lo hacía ser quien era.

En agosto de 1912 Kafka conoce a Felice Baer, con quien mantendría una relación epistolar y quien fuera quizás su musa inspiradora. Dos días después de conocerla, escribió de un impulso y una sola vez su relato La Condena. Refiriéndose a esa noche, Kafka diría que “se abrió la herida por primera vez”. El relato parecía haber surgido de lo más profundo de su ser y nunca antes había experimentado el fenómeno de la inspiración de forma tan marcada. Inspiración que buscaría repetir en sus próximos escritos. Cuatro meses después, a sus 29 años, escribiría La Metamorfosis.

La Metamorfosis

La vida laboral de Kafka era agobiante, casi no dormía y dedicaba madrugadas enteras a la escritura. Por la mañana temprano se dedicaba al trabajo en una compañía de seguros.

El domingo 5 de noviembre de 1912, agobiado por tantas horas de dedicación a la escritura (en ese tiempo ya había comenzado su novela América), y con la obligación de levantarse temprano el lunes para cumplir sus tareas laborales, Kafka es asaltado por la historia de Gregorio Samsa, un viajante que se despierta convertido en un monstruoso insecto. La historia que se aprecia en La metamorfosis fue ideada acostado en su cama, en un estado de agitación y angustia. Kafka fue invadido totalmente por la historia de su personaje principal, Gregorio Samsa. Siendo un escritor poco aficionado a publicar, en este caso se dedicó a elegir una editorial responsable y hasta eligió la tapa de su libro pidiendo que no aparecieran ilustraciones de insectos.

Del padre, las manzanas y un final resolutivo.

A lo largo de la obra podría observarse una clara identificación del escritor con ese personaje tan particular. De hecho, en Kafka, la identificación con un insecto repugnante, monstruoso y atemorizador pareciera que ya era algo que estaba en potencia. En la carta que escribió a su padre en 1919, el escritor expresa cómo se sentía despreciado, casi como un parásito.

Si se tiene en cuenta su vivencia y como él se sentía en esa relación con su padre, se podría afirmar que la identificación con un insecto está lejos de tratarse de un truco literario, sino más bien fue el modo en que el escritor encontró de plasmar su malestar. De un modo fantaseado, es quizás un claro ejemplo de una escritura donde se puede observar el trabajo elaborativo.

La figura de su padre influyó mucho en su vida y eso se ve plasmado en esta obra. Un padre riguroso, caprichoso y autoritario. Franz Kafka creció en un hogar donde este hombre ejercía un poder absolutista, y una madre sensible, pero distante y poco amorosa. Podría decirse que en sus escritos literarios se observa esa necesidad urgente de liberarse de esa insoportable, quizás, realidad.

En La metamorfosis, hay un episodio donde podría considerarse que los personajes se acercarían a esta realidad. Gregorio Samsa, ya convertido en insecto se escapa de su habitación. Su padre lo va a buscar, al parecer, con la imagen de que éste había agredido a algún miembro de la familia.

“Para Gregorio estaba claro que el padre había interpretado mal la excesivamente breve explicación de su hermana y que suponía que Gregorio había cometido algún acto brutal. Comprendió que antes que nada había que aplacar al padre, porque no había ahora tiempo ni posibilidad para informarle mejor. Así que huyó hacia la puerta de su cuarto y se apretó contra ella, para que el padre desde el vestíbulo pudiera ver que tenía toda la intención de desaparecer. No había necesidad de apremiarle, sólo abrir la puerta.” 

El padre de Gregorio comienza a perseguirlo por la casa. Un padre que al principio del relato se muestra como un hombre cansado, desplazándose despacio con un bastón, ahora en este episodio del relato aparece amenazador.

“Estaba allí, erguido. Llevaba un uniforme azul, bien ajustado y con botones de oro, como suelen llevar los ordenanzas de los bancos […] por debajo de las pobladas cejas brillaban unos ojos negros y penetrantes”.

 El relato continúa con el padre tomando manzanas de un frutero y tirándoselas a Gregorio. Una de ellas se incrusta en su espalda causándole un gran dolor.

“Aquella quedó metida en su carne como vivo recuerdo de lo ocurrido”.

Aparece en escena la madre de Gregorio quien se abalanza sobre el padre rogando por la vida de su hijo.

Acercándose al final del cuento, Gregorio muere:

“Apenas notaba ya la manzana podrida y su entorno inflamado recubierto de polvo pegajoso. Pensó con cariño y emoción en los suyos. Su convicción de que tendría que desaparecer era tanto o más firme que la de la hermana. En este estado de tranquilidad y benéfica relajación permaneció hasta que el reloj de la torre de la iglesia dio las tres de la madrugada. Todavía el lento amanecer detrás de la ventana. Entonces su cabeza cedió del todo y Gregorio exhaló un débil y último suspiro.”

Pero el relato no termina ahí. Hay unas páginas más donde claramente el lector puede observar un cambio en el clima emocional del cuento. Los padres de Gregorio planean un viaje al campo, imaginando un nuevo futuro y perspectivas positivas para sus vidas.

En La Metamorfosis, Kafka encontró en la muerte de Gregorio y en la familia rehaciendo sus vidas un modo resolutivo de tal tragedia.

A partir de situaciones y vivencias, quizás dolorosas y traumáticas, el autor pudo despojarse de las mismas, distanciándose, pudiendo fantasear con personajes, lugares y situaciones.

La metamorfosis no es otra cosa que su propia transformación, una escritura elaborada por la circunstancia, por su propio capullo que no le permitían extender sus alas y en cambio quedarse en ese encierro “anti-natural” o quizás algo peor. Transformarse en ese algo ajeno a él mismo por lo cual no podría reconocerse frente a su propio espejo.

 Metamorfosis y Elaboración.

Dese la psicología analítica de Jung (2013) el concepto de arquetipo o forma arquetipal -en este caso el insecto- es la forma que el inconsciente personal de Kafka tenia para representar su situación y lucha interna, es decir, tomaba del inconsciente colectivo los aspectos asociados a los insectos: criaturas extrañas y ajenas a la humanidad y capaces de cambiar a través de la metamorfosis. Puede tomarse el ejemplo de las mariposas: para la gran mayoría de culturas milenarias, la mariposa representa la metamorfosis. La ciencia contemporánea ha comprobado que es el único ser vivo capaz de modificar totalmente su estructura genética. El ADN de la oruga que se envuelve en la crisálida es diferente al de la mariposa que sale de él. De ahí que este proceso natural se haya convertido en el símbolo del cambio y la transformación.

Algo similar ocurre en la psiquis humana, que intenta por medio de los símbolos elaborar las angustias y necesidades del sujeto y así, dándole forma, poder aprehenderlo y provocar un giro, generar una marca y una posibilidad a dar un nuevo estado.

 

Fuente:

Fagundez, Patricia. (2015) La escritura y su función elaborativa. Tesis de grado. UMSA. Bs.As. Argentina.

Kafka, Franz (2000), La metamorfosis. Editorial Sol 90. Barcelona

 

#Leemos y Reflexionamos. Yo antes de ti.

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que develan parte de la trama de libros.

Qué sensación extraña esa que se apodera de uno cuando se cierra un libro. Algunos lo llaman “vacío” y salen apresurados en la búsqueda de una nueva historia atrapante.

Hay libros que nos hacen reír, y también hay libros con los cuales es menester tener un rollo de papel al lado (además del mate o del café) para acompañar la lectura y secar las lágrimas.

“Acabo de terminar de leer el libro y me llore todo!”. “Estoy por la mitad de la historia y no puedo parar de llorar”. “Termine de leer y me quede con una sensación rara todo el día”. ¿Y cómo explicamos esa sensación extraña, de rareza? ¿Qué nos ocurre realmente al terminar de leer un buen libro?.

En los siguientes párrafos se tratará de encontrar las respuestas.

A modo de #UnaMillaMás, un breve apartado dedicado a la escritura y su función terapéutica en los personajes y en nuestras vidas.

Sinopsis de “Yo antes de ti”

Una de esas historias que generan este tipo de sensaciones es la de Louisa Clark y William Traynor en Yo antes de ti. Muchas cuestiones se abren a partir de esta novela de Jojo Moyes; periodista y escritora británica.

Esta novela pone en escena a William Traynor, un hombre exitoso y rico que disfruta de su vida a pleno hasta que sufre un accidente que lo deja tetrapléjico.

Dos años después, su vida se cruzará con la de Louisa Clark, una joven del pueblo sin aspiraciones laborales ni personales.

En otra línea narrativa Camilla Traynor, busca una persona que se haga cargo de la atención de su hijo William, con otras intenciones más allá del simple cuidado; pues ella desea que alguien persuada a Will de su decisión de acabar con su vida a través de Dignitas, una organización de suicidio asistido.

Puede aquí abrirse paréntesis y señalar que el tema de la eutanasia, es tocado de un modo delicado, casi sutil, pero aun así se desata un debate que quizás amerita su despliegue en otro espacio.

A partir de este punto se desarrollan las aventuras entre Louisa y William que cruzaran sus historias.

Es una novela con una historia simple a primera vista: Un hombre rico, que no es totalmente feliz a pesar de su dinero, y una joven entusiasta de bajos recursos que se conocen y se enamoran.

Y aun así siendo un relato conocido, esta historia conmueve.

Casi el 100 % de los lectores admiten haber sido tocados por sus párrafos hasta las lágrimas y sentir esa especie de vacío y de extrañeza al dar vuelta la última página. ¿Por qué? ¿Por qué lloramos con esta novela? ¿Qué nos toca? ¿Que nos mueve?.

Nuestro objeto de deseo y mi Yo protagonista

Los libros, al igual que todas las demás artes, nos entretienen sí, pero también nos nutren. Nos atraviesan, tocan nuestras fibras más íntimas y nos conmueven. Nos afectan. Y cuando aquí se habla de afectar, puede ser tanto negativa, como positivamente.

¿Entonces qué le sucede al lector después de haber leído, en este caso el libro de Moyes? ¿Cómo se explica esa sanción que a cada uno se le presenta de manera única ; tan íntima y personal?.

Casi obligadamente se abre la pregunta de si no tendrá que ver con algo del orden de la correspondencia amorosa.

Abres un libro. Empiezas, a veces casi sin expectativas, a leer una historia. De pronto conoces a los personajes. Ellos te acompañan en el desayuno, en el viaje en subte hasta el trabajo, en las horas de almuerzo y en las noches de insomnio. Ya son parte de tu propia historia. Estas ahí con ellos, y ellos aquí contigo. Hay algo más que relación, hay vínculo. ¿Lo hay?.

El libro, la historia, esos personajes, se convierten en un objeto de deseo. Un deseo que despierta algo del orden de lo amoroso. Lo deseas, y hasta crees que lo necesitas. No puedes parar de leer. Estas zambullidx en sus párrafos y… Uy! Me olvidé de preparar la cena! Uy! Mi pareja me reclama más tiempo! Uy! Mi jefe me regaña y llama la atención sobre un trabajo no cumplido. Pero ahí estas. Tú y tu objeto de deseo.

Pero se aproximan las últimas páginas. Quizás algunos leen más lento, porque no quieren llegar al final. Quizás otros leen más rápido porque mueren por saber el desenlace.

Y ahí está la última página. El último párrafo: Y, al levantarme de la mesa, coloqué bien el bolso que llevaba al hombro y caminé por la calle hacia la perfumería y hacia el resto de París que se extendía ante mí”.

Y la historia finaliza. Y el punto final obliga a cerrar el libro. Y ahí estas tú con tu libro bajo el brazo. ¿Y tu objeto de amor y deseo? ¿Dónde está? Somos amantes no correspondidos. ¿Lo somos? ¿Sera por eso la angustia y el vacío?.

Quizás se deba a que estuvimos inmersos en un mundo que no era parte de nuestra realidad, y volver a ella, volver a nuestra propia historia; nos hace encontrarnos con nosotros mismos y esos espacios profundos de nuestra propia persona que desatendimos.

Quizás al cerrar el libro nos damos cuenta de que aquí hay otra historia, hay otros escenarios, y lo importante, hay un protagonista.

Somos protagonistas de nuestro propio libro.

Y se abre el telón, y ahí está tu Yo protagonista, esperando el guión. Tu propio guión. ¿Y ahora?. ¿Cómo me hago cargo de esto?. ¿Qué camino le doy a mi Yo protagonista?.

El lugar de la escritura en los personajes y en nuestras vidas

Un último punto interesante de este libro.

Se hace un recorte de una escena: Louisa busca en Internet si existía un aparato que permita a Will volver a escribir. Encuentra un dispositivo de grabación que reconoce la voz y la traduce en escritura. Will ya no necesitará que nadie escriba en su nombre.

“Al principio le daba un poco de vergüenza, pero, cuando le sugerí que comenzara siempre diciendo: «Escriba una carta, señorita Clark», lo superó…. Tres días más tarde, justo cuando salía para ir al trabajo, el cartero me entregó una carta. La abrí en el autobús, pensando que sería una felicitación de cumpleaños anticipada de algún primo lejano.

Decía, con tipografía informática:

Querida Clark:

Quería mostrarte que no soy del todo un imbécil egoísta. Y que agradezco tus esfuerzos.

Gracias.

Will.

Louisa le devuelve a Will algo valioso. La escritura. A través de la escritura, Will vuelve a tener algo de que lo fue. Conectarse con amigos, leer el diario y acceder a un mundo que sentía lejano.

¿Qué función tuvo la escritura en Will? En las palabras de Clarise Lispector (escritora brasileña) quizás se encuentre parte de la respuesta: “Escribir es bendecir una vida que no fue bendecida”.

Escribir evita que el dolor absorba la vida del sujeto. Es a través de la escritura donde cada uno de nosotros nos expresamos. Expresamos quiénes somos, qué sentimos.

Escribir deja marcas. Escribir es una marca. Una huella que abre camino (tu camino) y traza un sendero para que otros lo recorran.

Cuando escribes, das testimonio de eso que te pasa, y el lector (no importa quién ni donde) ocupa un lugar de testigo. Un testigo que te escucha, te recibe, te comprende y se conecta con esto que eres, esto que escribes.

En cada marca, en cada trazo, en cada huella hay una transformación, hay un cambio, las cosas ya no son como antes.

El final de la historia de Louisa y Clark se sella con una carta. Una carta escrita por Clark. Una carta conmovedora, una carta llena de afecto.Una carta escrita desde el dolor, con dolor quizás, pero una carta llena de esperanza. Porque escribir, trae esperanza. Porque como decía Paul Auster : “Escribir es un acto de supervivencia”.

Una carta con un final positivo:

“Has cambiado mi vida muchísimo más de lo que este dinero cambiará la tuya…Vive bien. Vive. Con amor, Will.”

Cuando aquí se habla de final positivo, no se hace referencia a finales felices de cuentos de hadas. Un final positivo es un final que apunta a la elaboración, a la construcción. Hay una resolución, del orden simbólico, de esa situación dolorosa. Quizás en esta última carta Will encuentra el modo de recrear una (su) situación dolorosa. Una carta cargada de afecto y amor. Una carta llena de esperanza y aliento. Una carta que genera y despliega la posibilidad de resolver un conflicto de un modo positivo y saludable.

Se podría correr el riesgo de afirmar que esta carta es una escritura terapéutica, una escritura que sana, quizás no físicamente, pero si sana el alma.

El camino de la reflexión queda abierto. A modo de regalo y para seguir pensando, unas palabras de Gabriel García Márquez (escritor colombiano):

“Hay un momento en que todos los obstáculos se derrumban, todos lo conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir”.

 

Fuentes:

Moyes, Jojo. Yo antes de ti. Ed. SUMA.